“Prefiero no hacerme ilusiones”

“Prefiero no hacerme ilusiones”

“Prefiero no hacerme ilusiones”

“Más vale pensar que no lo voy a conseguir, así ya voy preparado/a”

“Piensa mal y acertarás”

Cualquiera de nosotros ha dicho en algún momento una de estas frases o por lo menos ha tenido un pensamiento con el mismo significado subyacente: no debes pensar que vas a conseguir lo que quieres o que algo bueno va a ocurrir porque si finalmente no pasa, dolerá.

A simple vista el razonamiento parece lógico, si no me creo expectativas de que algo que quiero ocurrirá no me sentiré frustrado/a si no pasa y si, por el contrario, lo consigo me sentiré feliz. Parece que en ninguna de las dos opciones hay una pérdida, como mucho nos mantenemos igual que al principio.

Pero ¿realmente es así?, ¿de verdad no nos frustramos si no conseguimos nuestras metas por no “habernos hecho ilusiones”?, y lo que es más importante ¿el no “hacernos ilusiones” no tiene ninguna repercusión en la probabilidad de que consigamos esas metas?. Lo cierto es que pensando que no vamos a conseguir nuestro objetivo antes de tener la información real no nos libramos de la frustración ante un resultado negativo, ni aumentamos la felicidad ante uno positivo.

Pongamos un ejemplo para verlo más claro. Patricia es una estudiante de 3º de arquitectura y su objetivo es conseguir una beca que le permitirá realizar prácticas en el extranjero. Es una beca muy difícil de conseguir pero Patricia tiene buenas notas en los anteriores cursos de la carrera y lo único que necesita para conseguir su tan ansiado objetivo es mantener su nota media en los próximos exámenes. Toda la gente de su entorno cree que puede conseguirlo, sin embargo ella prefiere pensar que no le van a dar la beca. Opta por la opción de no hacerse ilusiones para no sufrir si finalmente no lo consigue.

A partir de aquí pueden pasar dos cosas en la historia. Puede que el rendimiento de Patricia disminuya, bajando así sus notas y no consiguiendo la beca  o bien, puede que saque buenas notas en sus exámenes y como consecuencia alcance su objetivo.

En el primer supuesto en el que Patricia no obtiene la beca estamos ante un escenario conocido para ella así que no se sentirá frustrada… ¿o sí? La realidad es que probablemente al ver sus notas y concluir que no podrá realizar sus prácticas en el extranjero se sienta triste y enfadada. Estas son emociones que aparecen cuando no podemos alcanzar un objetivo, independientemente de que antes hayamos intentado con todas nuestras fuerzas no “hacernos ilusiones”.

En el segundo supuesto Patricia consigue su beca lo que hace que se sienta alegre y orgullosa. Este es un escenario mucho más alentador que el anterior pero, ¿siente más alegría y orgullo por no haberse hecho antes ilusiones? La respuesta es no. Son emociones completamente normales ante la consecución de un objetivo. La única diferencia es que el mes previo a conocer los resultados ha estado sintiendo unas emociones (tristeza, frustración, etc) que no eran acordes con la situación. Se ha sentido mal “por si acaso”.

En ninguno de los dos escenarios ha tenido ningún impacto positivo creer que no iba a conseguir la beca. Sin embargo, sí que puede darse una influencia negativa de esos pensamientos en conseguir el objetivo, es lo que se conoce como el efecto de la profecía autocumplida.

Este concepto fue acuñado y desarrollado por Robert K. Merton (1948) y sostiene que si una situación es definida como real por una persona, esta será real también en sus consecuencias. De esta manera cuando tenemos la expectativa de que algo va a ocurrir de una determinada manera tendemos a comportarnos de forma congruente con la idea de lo que creemos que va a pasar.

Este efecto puede observarse en objetivos laborales, académicos, sociales y prácticamente en la mayoría de las áreas de nuestra vida. Nuestros pensamientos, emociones y conductas están interconectados por lo que el pensamiento de que no vamos a ser capaces de conseguir algo influye en nuestras emociones y éstas en nuestra conducta.

En el caso de Patricia, pensar que no iba a alcanzar su objetivo puede influir en su motivación para estudiar, dedicándole menos tiempo a los exámenes y sacando así menos nota, lo que finalmente se traducirá en no conseguir la beca como ya había previsto.

Las expectativas son uno de los motores más poderosos para motivar una conducta. Cuando pensamos que no somos capaces de conseguir algo es muy difícil que obtengamos la fuerza necesaria para perseguirlo y de esta manera nosotros mismos propiciamos el resultado que vaticinamos en un principio. De la misma manera, si ante objetivos realistas mantenemos unas expectativas positivas nos sentiremos más capaces y fuertes para sortear los obstáculos que aparezcan en el camino que nos conduce a la meta.

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